“La mujer que se llevó un idioma”, por Andrés Bacigalupo

Ensalada de pulpo

Las últimas palabras de Marie Smith Jones, que murió en Alaska el año pasado, fueron también las últimas palabras del eyak, una de las 219 lenguas desaparecidas desde 1950. Según la UNESCO, otras 2500 pueden correr igual suerte en este siglo.

> Por Andrés Bacigalupo

Ned Maddrell murió en 1974 en la Isla de Man (Reino Unido). Tefvic Esenc murió en Turquía en 1992. Marie Smith Jones murió el año pasado en Alaska (EE.UU). Probablemente, ninguno conocía sobre la existencia de los otros dos. Sin embargo, compartieron una experiencia singular: los tres se llevaron a la tumba idiomas enteros y sus casos ilustran con nombre y apellido el dramático fenómeno de las lenguas en peligro de extinción, 2498 sobre un total de 6000, según el último informe de la UNESCO.

Maddrell fue la última persona que habló manés como lengua materna. Y su fallecimiento cerró el largo ciclo de declive de su idioma, que comenzó con la colonización inglesa del territorio en el siglo XIII. Esenc, por su parte, fue el último hablante del ubyh (o ubijé), una lengua ágrafa del Cáucaso Noroccidental conocida en Occidente gracias a algunos investigadores como Georges Dumèzil, un filólogo francés que incluso grabó palabras en ubyh pronunciadas por el propio Esenc.

La historia de Marie, quién murió en enero de 2008 a los 89 años, tal vez sea la que suscita mayor atención. En primer lugar, porque fue una sobreviviente lingüística en tierra arrasada: con 53 idiomas extintos desde la década de 1950, EE.UU –su país- lidera el penoso ranking del Atlas de Lenguas en Peligro editado este año por la UNESCO.

Pero la vida (y la muerte) de Marie cobran importancia a la luz de otra consideración que no es menor: Marie tenía plena conciencia de lo que ocurría y pudo contarlo. Sabía de que hablaba cuando le dijo a un periodista de la agencia AP que era “horrible quedarse sola” y en 1992 comprobó con amargura que con la muerte de su hermana también se había ido la única interlocutora capaz de comprenderla en su lengua materna. Sólo la vocación de Michael Krauss, un lingüista estadounidense empeñado en revivir el eyak, la salvó de un absoluto sentimiento de incomunicación.

Aunque no lo era grato conceder entrevistas, pasó por alto esta regla cuando se trató de contribuir a su causa. En una de esas ocasiones –cuando ya era una mujer de 74 años- recordó ante los responsables del Consejo de Preservación del Eyak que en la década de 1940 el trazado del ferrocarril todavía respetaba las propiedades de su tribu, incluyendo la casa de su propio padre. Pero cuando Alaska se convirtió en el 49º estado de la Unión en 1959, las cosas “comenzaron a ir cuesta abajo”, al decir de Marie.

Cuando murió, el diario Anchorage Daily News recordó que su condición de última hablante viva de un idioma era inseparable de su tenaz activismo en defensa de los territorios indígenas frente al avance de las compañías madereras y las empacadoras de salmón. Su caso sintetiza como pocos la innegable relación entre la destrucción de un hábitat y la pérdida del patrimonio cultural.

La propia UNESCO incluye a la “pérdida de los modos de vida tradicionales” como uno de los factores que amenazan a miles de lenguas. Esa pérdida es a su vez la consecuencia del inexorable avance de la urbanización, las telecomunicaciones y la presión por entrar a un capitalismo cada vez más excluyente.

Si Marie es la cara heroica de la resistencia –y su caso se conoce gracias a un puñado de académicos y documentalistas como Laura Bliss Spann, quién realizó el largometraje More than Words- su contraste se descubre en miles de anónimos que parecen haber bajado los brazos en este particular combate: han dejado de transmitir a sus hijos y nietos las palabras de su lengua original. O peor aún, sus descendientes las han ignorado sin más.

Idiomas de abuelos

La transmisión del idioma de una generación a la siguiente es uno de los datos más importantes que los investigadores y lingüistas de la UNESCO toman como indicador de la vitalidad de una lengua. Mientras esta transmisión fluye sin mayores problemas, esas lenguas están fuera de peligro.

Muy por el contrario, una lengua está amenazada cuando los niños ya no la aprenden en su hogar. Y el riesgo se acentúa en las fases catalogadas como “seriamente en peligro” o “en situación crítica”, momentos que describen que la transmisión del idioma se ha interrumpido y que su uso apenas se circunscribe a las personas mayores, que a veces ni siquiera lo utilizan para comunicarse entre ellos. Hoy ese es el panorama de más de 400 lenguas, incluyendo al tuzanteco en Chiapas (5 hablantes) y al awakateko en Campeche (3 hablantes).

El ritmo de esta desaparición cultural (que dicho sea de paso, tiene mucho menos prensa que el desastre ecológico) es inquietante : habrá una lengua menos cada 15 días a menos que una cruzada conjunta de gobiernos e instituciones pueda revertir o atenuar las condiciones adversas que rodean a miles de pequeñas comunidades.

De lo contrario, es posible imaginar que el siglo XXI verá morir a mucha gente como Marie o Tefvic, convertidos en inusuales portadores de un sentimiento de soledad cultural que la inmensa mayoría de nosotros desconocemos. Y que no podemos si quiera imaginar.

Sopa de letras Sopa de letras – Collage sobre papel – 2009

19 Replicover bajaEste artículo fue publicado originalmente en el número 19 de la Revista Replicante, en su edición dedicada al lenguaje.

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