“El poder de otro” – Tinta – 2006
Sin nombre
Sentía contra su muslo el frío del arma que lo rozaba. El contacto era intermitente, dependiendo de los movimientos del auto al andar. Frío. El mismo que da la tabla del inodoro en invierno, pensó. No lo soportaba, sentir ese rifle tocándolo. Rifle, o escopeta, o itaca, esa arma de mierda, grande y peligrosa que le daba frío.
La piernas juntas temblando, los pies resecos y el pito chiquito por el miedo.
La escena que vivía no podía oírla. Ruido sordo. Mudo él, y ellos.
Los sonidos que le llegaban eran de su casa revuelta. De sus cosas cayendo al piso, del perro ladrando y chillando por las patadas. Vidrios que estallan y papeles que son revisados muy por encima.
Los sonidos de una búsqueda sin ganas, sin buscar nada concreto. Sólo dejar la idea de que algo se buscó. Y se encontró. 68 kilos de carne en remera arriba y en bolas abajo.
Con los ojos pegados del dormir pero despierto y entendiendo todo lo que pasaba. Colaborando para evitar los malos tratos.
El ruido del hierro de la puerta contra el mármol de la pared lo despertó. No llegó a ubicar el lugar de donde venía, pero se sentó en la cama para seguir escuchando los segundos golpes. Llegaron después de los primeros ladridos del perro.
Suelas subiendo por sus escalones. Varios pares. Creyó poder contarlos y calculó seis. Eran cinco y eso poco importaba.
Sabía lo que pasaba y porqué.
Las puertas se abren violentamente y se escucha como avanzan a través de su casa de tres ambientes.
Levantó la vista y en su habitación había tres hombres enormes. Lo miraban.
Alguien le quitó el sonido al momento.
Intentó vestirse y no lo dejaron. Quedó en sus manos el slip que tenía puesto antes de dormirse.
Quedó en sus manos, más tarde le serviría para descargar su bronca al apretarlo.
Al sacarlo de su habitación, varias veces, las duras suelas de los zapatos pisaron sus pies por los costados. Sentía la presión sin dolor, como si lo pisado no fueran sus pies desnudos.
Dolerían después, después habría tiempo para el dolor, las preguntas y sus variantes.
-Te llevan, te sacan de donde estés y nadie se entera.
Al ser metido en el auto, vio los ojos de su vecina de enfrente registrando el momento. Como de costumbre, sus ojos verdes espiaban por entre las hendijas de la persiana.
A las pocas cuadras del viaje no estaba seguro de haberla visto o inventado. Si eran más fuertes las ganas de ser recordado o la esperanza que después mantendría esperando el actuar de una vecina denunciante.
Esa idea, en los tiempos muertos del después, perdería forma. Terminaría por creer que la vecina de ojos verdes sólo se animaría a comentar su desaparición con algún otro vecino de la cuadra. El hecho moriría después, como él.
Vieja de mierda, seguramente deformaría lo sucedido y el detalle más importante que recordaría sería las bolas al aire. Pensó en putearla al volver a verla. Y sin advertirlo, ya estaba pensando el volver.
La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Dicen los que tienen muchos otros sustantivos para perder antes.
El culo flaco no sirve para sentarse en el piso. Clavarse los huesos de adentro para afuera. Que sensación extraña. Primero la presión, le sigue el hormigueo y al final pica. La carne dormida pica, la no circulación pica.
Saberse perdido, pensar en orientarse mientras tu cuerpo se oprime entre dos enormes hombres armados, es difícil.
El golpeteo del arma fría en la pierna, el dolor de las pisadas en los pies, el ardor por el roce continuo con la piel de los alambres de la alfombra y el rebote del empedrado que golpeaba la columna contra el apoyabrazos flojo. Estructura de plástico, duro y texturizado, qué roto, corta la piel sobre las vértebras.
Tan roto y sin haber sido interrogado aún.
Piensa en las preguntas. Las respuestas son lo que más miedo le dan. Y la conformidad del que pregunta le ocupa el pensar.
Empedrado, adoquines, ni cinco minutos de viaje, aún están cerca de su casa. Piensa.
Despacio, con la velocidad de la impunidad, se dirigen a donde se dirigen. Como paseo en ciudad nueva. Donde se miran todos los detalles. Comparándolos con lo que se conoce de la propia. Recorriendo recagado en las patas con la cabeza escondida entre el mono de gris y el asiento que huele a cigarrillo y aceite.
“”¿pasamos Flores? ¿Dónde queda? Me gustaría poder preguntarles. No sé nada, tengo mucho miedo y no sé nada. Me da vergüenza que me vean el pito. Quiero a mi mamá.
Mi vieja vive para el otro lado. ¿Me llevan? ¿me van a largar?, ¿estoy preso? ¿es legal esto?”
No le contestan porque nada dice. Piensa en todo. Absolutamente todo lo que ha hecho, vivido, comido, oído y visto. Recuerda consejos vencidos, novias de dos semanas, Nadia, la plaza con los muchachos y la imprenta. Piensa en el frío, el dolor y el miedo. No los sufre, los piensa. Olvida que los sufre y piensa que el dolor, el miedo y el frío lo esperan con los cubiertos en las manos. Recuerda a todos y los extraña. Y a Nadia más. A veinte cuadras de su vida, extraña profundamente sus 27 años.
El coche se detuvo. El motor sigue encendido y bajan la ventanilla izquierda. A uno de los hombres de adelante, desde la calle, otro le preguntó sobre el espacio en el auto.
No puedo escuchar bien, este hijo de puta que juega con el cierre no me deja oir y el otro cerdo me mata con la tapita del cenicero.
“-¿Tenes lugar?, -Al rubio. -En Almagro”.
Ahora no hablan, seguro que vuelve porque no arrancó el auto.
Se me durmió la pierna. Me pica.
Se estira unos centímetros para rascarse. El mono/cerdo deja la tapa del cenicero y con fuerza y odio pisa su pie prohibiéndole el movimiento.
Sin sonido. Ni un “quieto”.
El hombre de la calle se acerca nuevamente. Ésta vez con una bolsa de residuos en la mano. Negra y repleta. Apoya las manos en la ventanilla baja y recorre con la vista el interior del auto.
(Conduce “el negro”, de acompañante “el turco” y atrás los nuevos. En medio de éstos un cuerpito que respira cortito. Que arremanga mocos y esconde la cabeza.)
-Tonces no tenés lugar. Haber si éstos dos pierden unos kilitos.
¿atrás tenés ocupado?
Ta bien. Deja. Terminá y mandáme al negro o a Mingo.
Golpea el techo del auto autorizando el arranque. “El Negro” vacila y desde afuera lo apuran. -Dale che!
“Arrancamos otra vez. Parar me perdió. No me ubico.
Sigue el empedrado.
¿dónde me llevan? ¿Almagro soy yo? Ojala, así cuando me larguen me oriento mejor. ¿Almagro donde?”
-Te llevan, te sacan de donde estés y nadie quiere enterarse.
FT – 2006





















