Autorretrato en cuatro momentos – Por Andrés Bacigalupo

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Este autorretrato del artista argentino Federico Taboada se aventura, precisamente, en los terrenos sutiles de los gestos y las actitudes. Con ellos, y a través de ellos, los demás podemos ser un poco —y sólo un poco— testigos de la búsqueda.
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Ver en youtube: http://www.youtube.com/watch?v=NKFeqi3mtAQ&feature=player_embedded
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Es difícil hablar del “autorretrato” como género artístico sin caer en la tentación de transitar por los caminos del psicoanálisis y la sociología. Parece imposible decir algo sobre los artistas que se autorretratan sin pensar en el común denominador que los atravesó —y los atraviesa— a todos ellos: búsqueda de identidad, definición del rol del artista en un lugar y época determinados, deseos de posteridad, autorreflexión, relación —confusa, esperada, temida— con los futuros espectadores de su/s obra/s.
En cualquier caso, como bien ha dicho Carlos Cid Priego, no nos interesa la fidelidad del retrato. “Si se limita a la captación perfecta de la visualidad en el espejo la obra será floja, incluso pésima; debe intensificar la autoconciencia, transmitir el psiquismo, sintetizar en una pose el momento presente, pero también los pasados y presentir el futuro”.
Este autorretrato del artista argentino Federico Taboada se aventura, precisamente, en los terrenos sutiles de los gestos y las actitudes. Con ellos, y a través de ellos, los demás podemos ser un poco —y sólo un poco— testigos de la búsqueda.
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La autorreferencialidad es aquí intensa y militante. Incluso me arriesgo a decir que está presente en cuatro modos y momentos distintos. Se anuncia con la intervención del artista sobre su propio rostro, devenido en lienzo de sus trazos. Se afirma en las múltiples reacciones gestuales, que ensayan respuestas genuinas y paródicas sobre el mapa de colores en que se ha convertido su cara.
Pero hay dos momentos más. Uno ha ocurrido antes y nos remite a las condiciones técnicas bajo las cuales el artista decidió registrarse (una determinada ubicación de la cámara y de las luces).
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El último, tan importante como los demás, es la edición posterior del material, realizada por el mismo artista. Más que considerarla como el simple paso final y formal de un proceso técnico, la edición es aquí la etapa culminante de ese proceso de autorreflexión. Le asigna una velocidad y una secuenciación específicas y éstas dicen mucho no sólo del modo en que el artista se mira. Sino del modo en que desea ser contemplado. ®
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Paradojas del Porno en la República Checa – Por Andrés Bacigalupo

¿De veras es usted gay?

Por Andrés Bacigalupo

El mismo país que produce y exporta una significativa cantidad de películas pornográficas para el mercado gay, exigía —hasta hace un par de meses— una insólita “prueba” de homosexualidad a los solicitantes de asilo.

Vos sí, vos no, vos sí, vos no - Collage sobre papel - 2011

Hace exactamente dos décadas las tropas soviéticas abandonaban definitivamente Praga y la llamada “Cortina de Hierro” se terminaba de ajar, irremediablemente, frente a los ojos de sus habitantes. El comunismo gris, tan opuesto al consumismo multicolor, se volvió asunto de nostálgicos. Las nuevas generaciones prefirieron muy pronto la voluptuosidad de Hollywood, las hamburguesas de McDonalds y, en suma, ese “modo occidental” de vivir la vida.

Sin dejar de registrar que no todos los colores de ese cambio fueron precisamente radiantes (el desempleo poscomunista se ensañó con unos cuantos millones), es innegable que la apertura cultural llevó consigo un abanico de consumos culturales antes inexistentes o poco difundidos. Entre ellos, la pornografía.

Pero lo particular del caso checo no ha sido tanto la recepción de la pornografía (que fue poco problemática para una sociedad que ya se destacaba por ser la más atea del este europeo) como su conversión a país productor. Y de un tipo muy específico dentro del género: el porno gay.

¿Cómo ocurrió? Muy simple: la misma lógica de rentabilidad que relocalizó la fabricación de zapatillas desde Estados Unidos a Indonesia guió a los productores estadounidenses de pornografía gay. Encontraron buena materia prima (muchachos lindos, o al menos del tipo preferido entre la comunidad homosexual estadounidense) y ventajas competitivas (léase, sueldos bajos disciplinados por la falta de empleo, sobre todo entre los jóvenes).

En un reportaje reciente de Global Post la periodista Iva Skoch se metió tras las bambalinas del porno gay checo y se encontró, entre otros, con William Higgins, veterano productor del género. Este estadounidense de 67 años lleva unos cuántos radicado en Praga y ha corroborado cuán efectivo es el anzuelo del dinero fácil en un mercado laboral precario.

La otra constatación interesante de Higgins es que los actores del porno gay en República Checa son, en su mayoría, heterosexuales. “O al menos así es como se describe el 90 por cierto”, destaca Higgins. En ese porcentaje está también un tal Justel, que nació después de la caída del Muro de Berlín y que, apunta Skoch, se ofende si le sugieren que es homosexual. “Sólo es por el dinero”, insiste.

La porno-prueba

En el mismo país donde el dinero contante y sonante hace posible “cambiar” la orientación sexual de algunos hombres (al menos en el set de filmación), parece una absurda ironía que los homosexuales “verdaderos” llegados desde el exterior hayan sido sometidos a un insólito test de comprobación. Y aquí, otra vez, entra la pornografía, pero de una forma muy peculiar.

Actualmente, la homosexualidad es ilegal en más de ochenta países, la mayoría de ellos árabes y africanos (incluso en Arabia Saudita, Irán, Sudán, Yemen, Mauritania y Afganistán se la castiga con pena de muerte). Esta situación fuerza a muchos homosexuales a abandonar sus países de origen, dónde además de correr un riesgo cierto de supervivencia, deben vivir en el armario eterno.

Este tipo particular de emigración se ha intensificado en la medida en que muchas naciones —sobre todo europeas— le han abierto las puertas a aquellos que arrastran el padecimiento de la homofobia más rampante. Aunque esas puertas a veces se bambolean de un modo confuso. Al calor de los procedimientos burocráticos y de lo peculiar de sus historias, los solicitantes de asilo no siempre pueden probar fehacientemente que son perseguidos por su condición sexual. Algunas autoridades migratorias, como las checas, necesitan algo más que testimonios. ¿Cómo saber si este muchacho sudanés dice la verdad o nos está fabulando una vida que no tiene ni tuvo sólo para acariciar el “sueño europeo”?

La “ingeniosa” tentativa de responder a ese interrogante se tradujo, por insólito que parezca, en la visión de una película pornográfica. En términos médicos, se llama “plestimografía peneana” y consiste en que el solicitante de asilo es obligado a ver una película pornográfica de contenido heterosexual. Si registra una erección, se puede concluir que ha mentido: es un heterosexual que intenta obtener su condición de refugiado a partir de un engaño.

Pero las cosas no son tan simples. El controvertido test checo no tardó en generar repudio tanto de parte de asociaciones gays como de grupos de protección de los derechos humanos. Para la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA, por sus siglas en inglés), el método no sólo es de dudosa validez sino que atenta contra la intimidad y privacidad de los solicitantes de asilo.

Tras el eco mediático, las autoridades checas han anulado finalmente la prueba “falométrica” y volverán a las tradicionales entrevistas para detectar la autenticidad de las orientaciones sexuales esgrimidas. Fronteras adentro, mientras tanto, aquellos jóvenes checos necesitados de dinero jurarán a cualquiera que su heterosexualidad es sólida y sin fisuras, pero que “trabajo es trabajo”.

Así, el país que exporta muchos “gays” ficticios a través del triple X se cuida de aceptar a falsos homosexuales en la realidad. No debería extrañarnos: supimos desde el comienzo que la globalización se lleva mejor con la circulación de mercancías que con la de personas.

Lo que sin duda pocos sabíamos es que la pornografía podía actuar como una suerte de “detector de mentiras” en el área migratoria. Un detector que se lleva a las patadas con la ciencia y los derechos humanos y que, bajo el declamado propósito de ayudar a alguien, termina haciendo todo lo contrario. ®

Ilustración de Federico Taboada

“La mujer que se llevó un idioma”, por Andrés Bacigalupo

Ensalada de pulpo

Las últimas palabras de Marie Smith Jones, que murió en Alaska el año pasado, fueron también las últimas palabras del eyak, una de las 219 lenguas desaparecidas desde 1950. Según la UNESCO, otras 2500 pueden correr igual suerte en este siglo.

> Por Andrés Bacigalupo

Ned Maddrell murió en 1974 en la Isla de Man (Reino Unido). Tefvic Esenc murió en Turquía en 1992. Marie Smith Jones murió el año pasado en Alaska (EE.UU). Probablemente, ninguno conocía sobre la existencia de los otros dos. Sin embargo, compartieron una experiencia singular: los tres se llevaron a la tumba idiomas enteros y sus casos ilustran con nombre y apellido el dramático fenómeno de las lenguas en peligro de extinción, 2498 sobre un total de 6000, según el último informe de la UNESCO.

Maddrell fue la última persona que habló manés como lengua materna. Y su fallecimiento cerró el largo ciclo de declive de su idioma, que comenzó con la colonización inglesa del territorio en el siglo XIII. Esenc, por su parte, fue el último hablante del ubyh (o ubijé), una lengua ágrafa del Cáucaso Noroccidental conocida en Occidente gracias a algunos investigadores como Georges Dumèzil, un filólogo francés que incluso grabó palabras en ubyh pronunciadas por el propio Esenc.

La historia de Marie, quién murió en enero de 2008 a los 89 años, tal vez sea la que suscita mayor atención. En primer lugar, porque fue una sobreviviente lingüística en tierra arrasada: con 53 idiomas extintos desde la década de 1950, EE.UU –su país- lidera el penoso ranking del Atlas de Lenguas en Peligro editado este año por la UNESCO.

Pero la vida (y la muerte) de Marie cobran importancia a la luz de otra consideración que no es menor: Marie tenía plena conciencia de lo que ocurría y pudo contarlo. Sabía de que hablaba cuando le dijo a un periodista de la agencia AP que era “horrible quedarse sola” y en 1992 comprobó con amargura que con la muerte de su hermana también se había ido la única interlocutora capaz de comprenderla en su lengua materna. Sólo la vocación de Michael Krauss, un lingüista estadounidense empeñado en revivir el eyak, la salvó de un absoluto sentimiento de incomunicación.

Aunque no lo era grato conceder entrevistas, pasó por alto esta regla cuando se trató de contribuir a su causa. En una de esas ocasiones –cuando ya era una mujer de 74 años- recordó ante los responsables del Consejo de Preservación del Eyak que en la década de 1940 el trazado del ferrocarril todavía respetaba las propiedades de su tribu, incluyendo la casa de su propio padre. Pero cuando Alaska se convirtió en el 49º estado de la Unión en 1959, las cosas “comenzaron a ir cuesta abajo”, al decir de Marie.

Cuando murió, el diario Anchorage Daily News recordó que su condición de última hablante viva de un idioma era inseparable de su tenaz activismo en defensa de los territorios indígenas frente al avance de las compañías madereras y las empacadoras de salmón. Su caso sintetiza como pocos la innegable relación entre la destrucción de un hábitat y la pérdida del patrimonio cultural.

La propia UNESCO incluye a la “pérdida de los modos de vida tradicionales” como uno de los factores que amenazan a miles de lenguas. Esa pérdida es a su vez la consecuencia del inexorable avance de la urbanización, las telecomunicaciones y la presión por entrar a un capitalismo cada vez más excluyente.

Si Marie es la cara heroica de la resistencia –y su caso se conoce gracias a un puñado de académicos y documentalistas como Laura Bliss Spann, quién realizó el largometraje More than Words- su contraste se descubre en miles de anónimos que parecen haber bajado los brazos en este particular combate: han dejado de transmitir a sus hijos y nietos las palabras de su lengua original. O peor aún, sus descendientes las han ignorado sin más.

Idiomas de abuelos

La transmisión del idioma de una generación a la siguiente es uno de los datos más importantes que los investigadores y lingüistas de la UNESCO toman como indicador de la vitalidad de una lengua. Mientras esta transmisión fluye sin mayores problemas, esas lenguas están fuera de peligro.

Muy por el contrario, una lengua está amenazada cuando los niños ya no la aprenden en su hogar. Y el riesgo se acentúa en las fases catalogadas como “seriamente en peligro” o “en situación crítica”, momentos que describen que la transmisión del idioma se ha interrumpido y que su uso apenas se circunscribe a las personas mayores, que a veces ni siquiera lo utilizan para comunicarse entre ellos. Hoy ese es el panorama de más de 400 lenguas, incluyendo al tuzanteco en Chiapas (5 hablantes) y al awakateko en Campeche (3 hablantes).

El ritmo de esta desaparición cultural (que dicho sea de paso, tiene mucho menos prensa que el desastre ecológico) es inquietante : habrá una lengua menos cada 15 días a menos que una cruzada conjunta de gobiernos e instituciones pueda revertir o atenuar las condiciones adversas que rodean a miles de pequeñas comunidades.

De lo contrario, es posible imaginar que el siglo XXI verá morir a mucha gente como Marie o Tefvic, convertidos en inusuales portadores de un sentimiento de soledad cultural que la inmensa mayoría de nosotros desconocemos. Y que no podemos si quiera imaginar.

Sopa de letras Sopa de letras – Collage sobre papel – 2009

19 Replicover bajaEste artículo fue publicado originalmente en el número 19 de la Revista Replicante, en su edición dedicada al lenguaje.